Aquellas calles tristes me recordaban mientras las recorría con la mirada, a aquel invierno triste de película, en el que, la protagonista, rubia, esbelta y guapa, caminaba triste por las calles de Nueva York cruzando miradas con desconocidos y haciendo caso omiso a los coches que salpicaban agua sobre su abrigo de chanel de quinientos dolares.
Quizá porque siempre , procuraba mantenerme despierta con aquella música en mis oídos, aquellos ritmos casi felices, armoniosos, que me ocultaban que detrás de aquellas fachadas se escondía gente con vidas vulgares, que no había estanque , ni pájaros que alimentar.
Que en un par de calles cruzarías cuatro manzanas, sin necesidad de taxis y que al llegar a aquel piso de paredes granates la música seguiría de fondo, y que, afortunadamente, aquellos minutos tristes apenas duraban un cuarto de película.
Aquello no era Brooklyn, ni yo era rubia, ni tenía los ojos del color de alguna piedra preciosa o de una tarde soleada sobre el pacífico.
Mi pelo, tenía el color de una tarde oscura de otoño y me tapaba la mirada triste que aveces, sin querer, le ofrecía al mundo.
Sabía que sonreír de vez en cuando no era malo, y aquellas películas, canciones y sueños eran las pocas cosas en la vida que me quedaban por olvidar, a veces sólo podía sonreír, llorar, o sentir miedo con ellas.
A veces, el mundo no me era suficiente. Ni siquiera yo misma.
Me cuesta creer que todos tengamos un final feliz. Creo, que lo más cerca que puedes estar de la felicidad es siendo rubia o viviendo en Brooklyn.
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